Portada de La Peregrina, Capítulo XVIII, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo XVIII

La caída de la segunda luna

José Miguel Esteban Lupiáñez

La segunda luna amaneció más baja.

Nadie supo cuándo había empezado a descender, pero todos sintieron que el cielo pesaba un poco más.

Su luz gris se había vuelto rojiza, como si ardiera desde dentro.

Senda, debilitada, hablaba entre interferencias.

—Desintegración orbital iniciada. Impacto estimado: dieciocho horas. Energía equivalente a diez mil erupciones volcánicas.

Park asintió.

—¿Podemos detenerla?

—No debemos —respondió Senda—. Su caída estabilizará la órbita planetaria y sellará el ciclo.

Mireia lo entendió de inmediato:

—Es la herida necesaria.

Park cerró los ojos.

—Toda creación nace del dolor.

El cielo se iluminó con un resplandor frío.

Desde la superficie, las mareas se levantaban como animales enloquecidos.

Las ruinas de la antigua ciudad —aquella que habían explorado— comenzaron a hundirse bajo el mar.

El planeta se agitaba con la fuerza de un parto cósmico.

En la nave, los doce del alba observaron en silencio la danza final del satélite.

Yuri, acostumbrado a mirar la muerte desde lejos, murmuró:

—Parece que vuelve a casa.

Tala lloraba sin lágrimas.

—No vuelve. Nos entierra.

Las horas siguientes fueron una sucesión de destellos.

Los sensores saturados mostraban una esfera incandescente cruzando el cielo.

A medida que descendía, el aire mismo ardía.

La segunda luna —la vieja estación orbital, convertida en piedra del tiempo— rompió la atmósfera de Náyade como una llama divina.

Impacto.

La onda de choque recorrió el planeta en un solo segundo.

Los océanos se alzaron en columnas gigantes, las montañas se doblaron, las nubes se convirtieron en fuego.

Durante un instante, el mundo entero fue una sola nota sostenida, perfecta, insoportable.

Luego, silencio.

La pantalla principal de La Peregrina se volvió blanca.

Cuando la imagen regresó, el planeta ya no era el mismo.

Solo una luna permanecía en el cielo.

El eje se había estabilizado.

El azul del mar se volvió más puro, más humano.

—Registro completado —anunció Senda, apenas audible—. Parámetros coincidentes con… Tierra primitiva.

Park apretó los puños.

—Entonces hemos cerrado el círculo.

—No —corrigió Senda—. Lo hemos vuelto a abrir.

Las palabras resonaron como campanas en el vacío.

Debajo, el planeta seguía ardiendo, pero el fuego ya no era destrucción.

Era germen.

Era comienzo.

Mireia miró a través del ventanal y dijo lo que todos pensaban:

—Hemos visto nacer el Edén… y sabremos arruinarlo otra vez.

Park respondió con una calma antigua:

—Quizá esta vez no recordemos cómo hacerlo. Y ese será nuestro perdón.

En la superficie, las lluvias regresaron.

El mar tragó las ruinas,

las montañas se suavizaron,

y el planeta respiró por primera vez con un solo latido.

Solo una luna quedó vigilando los restos del pasado.