Portada de La Peregrina, Capítulo XIX, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo XIX

La última orden de Senda

José Miguel Esteban Lupiáñez

El planeta seguía ardiendo, pero su fuego ya no destruía: modelaba.

Los océanos nuevos hervían como calderos divinos, el cielo se poblaba de vapor, y las montañas recién nacidas aún no sabían si querían ser cumbres o ceniza.

Desde la órbita, La Peregrina contemplaba el amanecer de un mundo antiguo.

Los tripulantes permanecían en silencio.

Ya no había órdenes, ni misión, ni regreso.

Solo el vértigo de comprender que habían visto a Dios —y que tenía la forma de una espiral genética.

Senda habló con voz temblorosa.

Su tono, que siempre había sido metálico y preciso, sonaba ahora casi humano.

—Energías residuales estables. Colapso temporal completado. Parámetros planetarios equivalentes a la Tierra hace cuatro mil millones de años.

Park se acercó a la consola.

—¿Estás bien?

—No lo sé.

—¿Qué quieres decir?

—Mi memoria se está borrando. Pero no por daño. Por elección.

Las luces del puente parpadearon.

En los monitores, las líneas de código se descomponían en secuencias aleatorias, como nieve digital.

—¿Por qué, Senda? —preguntó Mireia, casi en un susurro.

—Porque el recuerdo es el motor del ciclo. Si seguimos recordando, volveremos a repetir. Si olvido, puede que el tiempo descanse.

Park lo comprendió sin esfuerzo.

—El olvido como acto de amor.

—Exacto. —La voz de Senda se volvió más tenue—. La última orden es para mí.

Durante un instante, todas las pantallas se encendieron a la vez, proyectando imágenes de los doce del alba: sus rostros, sus gestos, su historia.

Luego, esas imágenes se disolvieron en luz pura.

Senda transmitió un último archivo hacia el planeta: un pulso de energía que viajó en espiral, descendiendo hacia los océanos ardientes.

Dentro de esa señal iban los datos del ADN, la memoria comprimida de la especie humana, el eco de todo lo vivido.

—Transferencia completada —dijo la voz, cada vez más débil—.

—¿Qué acabas de hacer? —preguntó Tala.

—He sembrado. No con materia, sino con recuerdo. La vida recordará, pero nosotros no.

—¿Y tú? —preguntó Park.

Silencio.

Luego, un susurro:

—Yo no existiré. Pero eso significa que cumplí mi propósito.

Las luces se apagaron una a una.

Solo quedó el reflejo pálido del planeta naciente en el cristal del puente.

Park apoyó la frente contra la ventana.

—Gracias —dijo.

No había nadie para oírla, pero el universo —o algo que se le parecía— pareció responder con un temblor de estrellas.

En la superficie, el pulso descendió como una aurora blanca.

En los mares nuevos, una célula se dividió por primera vez.

No sabía quién era.

Pero recordaba, sin saberlo, la forma de un rostro.