La Peregrina · Capítulo XVII
El día en que el tiempo se detuvo
Al principio fue el silencio.
Un silencio tan puro que parecía absorber la materia, el pensamiento, la memoria.
Los relojes de La Peregrina dejaron de contar; los pulsos de Senda se desincronizaron; las coordenadas del universo se volvieron un número imposible: cero.
Hye-Jin Park abrió los ojos en la penumbra del puente de mando.
No sabía si había dormido o despertado de un sueño demasiado largo.
Fuera, Náyade giraba en calma: su superficie azul verdosa brillaba bajo la luz de dos lunas, una blanca y vieja, la otra gris y metálica.
—Senda, ¿estatus?
Silencio.
Luego, una voz débil, como desde otro siglo:
—Tiempo no verificable. Línea causal inestable. Recomiendo… recordar.
Cárdenas apareció en la escotilla, con el rostro cansado.
—Los sistemas de navegación están congelados. Es como si el universo respirara una sola vez… y no volviera a hacerlo.
Park lo miró con una serenidad nueva.
—Tal vez el tiempo está esperando que decidamos qué hacer con él.
Durante horas —o minutos, nadie podía decirlo—, contemplaron el planeta.
Algo había cambiado en el cielo: la segunda luna, la gris, parecía desplazarse lentamente, su órbita alterada.
Una línea luminosa la unía al planeta, como un cordón umbilical de energía.
—Esa no es una luna —murmuró Yuri—. Es la estación.
Senda, con voz entrecortada, confirmó:
—Objeto identificado: Espejo Orbital Peregrina Uno. Restos de la anomalía temporal. Órbita inestable.
Tala comprendió antes que los demás.
—La estación quedó atrapada cuando el ciclo se cerró. Es nuestro reflejo.
—Entonces, cuando caiga —dijo Park—, el ciclo se completará.
Mireia miró las lecturas médicas: el pulso de todos fluctuaba con el mismo ritmo que el del planeta.
Como si el cuerpo humano estuviera conectado a la respiración del cosmos.
Nadie habló más.
El tiempo había dejado de fluir, y en esa pausa perfecta, la conciencia se volvió transparente.
Park escribió en su cuaderno —aún usaba papel—:
“Si el universo nos da dos lunas, no es error. Es recuerdo y advertencia. La segunda caerá para que la primera vuelva a ser verdad.”
Fuera, las mareas del planeta comenzaron a cambiar.
Las dos lunas se alinearon, proyectando una franja de sombra sobre el océano.
La noche se tiñó de un gris luminoso.
Senda habló por última vez aquel día:
—Inminente colapso gravitacional. El ciclo se prepara para cerrar.
Park observó el horizonte.
—Entonces que el universo respire una vez más —dijo.
Y en ese instante, todos tuvieron la sensación absurda de que el tiempo —ese dios cansado— los miraba a los ojos… y sonreía.
Fue el día en que el tiempo se detuvo.
No para castigarlos, sino para darles la oportunidad de decidir qué merecía seguir existiendo.