Portada de La Peregrina, Capítulo XVI, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo XVI

La semilla y el eco

José Miguel Esteban Lupiáñez

Durante días —o siglos, según quién lo mida— La Peregrina orbitó en silencio.

El planeta bajo ellos giraba lento, hermoso, idéntico a la Tierra antes de enfermar.

Las lecturas eran inequívocas: atmósfera limpia, mares cristalinos, bosques intactos.

Un paraíso que aún no sabía que lo era.

Los tripulantes se movían como sombras dentro de la nave.

Dormían poco, hablaban menos.

Habían visto su destino repetirse tantas veces que ya no distinguían entre esperanza y condena.

Fue Senda quien rompió el silencio.

—Señal entrante.

Park levantó la cabeza.

—Imposible. No hay transmisores activos en la superficie.

—Origen: Tierra. Frecuencia humana estándar. Año estimado: 2083.

El mensaje se desplegó en los monitores: ruido primero, luego una voz.

Era clara, serena, y tan familiar que todos contuvieron el aliento.

“Aquí Misión Peregrina. Hemos recibido vuestro eco. Si existís, sois nosotros.”

El silencio posterior fue insoportable.

—Somos nosotros —murmuró Cárdenas—. Los del comienzo. Los que creyeron partir.

Tala negó con la cabeza.

—No puede ser. Si estamos ciento veinticuatro años antes, ellos aún no han despegado.

—Y sin embargo, nos oyen —dijo Park—.

Senda confirmó:

—Fenómeno de resonancia temporal. Dos puntos de la misma línea comunicándose a través de su propio reflejo.

Mireia cerró los ojos.

—Entonces la historia se alimenta de sí misma.

—Como una semilla —respondió Sarah—.

—O como un eco —añadió Park.

Los datos se volvían erráticos.

Las coordenadas del planeta fluctuaban, los relojes internos perdían sentido.

En los ventanales, las estrellas parecían moverse, dibujando figuras imposibles.

Senda avisó:

—Anomalía cuántica creciente. Recomendación: estabilizar órbita o abandonar el sistema.

Pero nadie respondió.

Porque en ese momento, en el corazón del laboratorio, uno de los cilindros traídos del archivo subterráneo comenzó a brillar.

El mismo que Park había guardado como “muestra genética”.

El brillo se expandió en ondas suaves, como un latido.

Dentro, flotaba una espiral luminosa: ADN.

Humano.

—Nos dejaron esto —dijo Park, apenas un susurro—.

—¿Una advertencia? —preguntó Yuri.

—No. Una oportunidad.

—¿Para qué?

—Para empezar antes de empezar.

En el monitor principal, el planeta resplandecía.

Parecía pedir algo.

Senda interpretó los datos:

—Condiciones en la superficie óptimas para replicación biológica.

Cárdenas entendió antes que los demás.

—¿Quieres sembrar la Tierra… con nosotros?

—Con lo que fuimos —corrigió Park—. No con lo que somos.

Prepararon una cápsula.

En su interior, la muestra genética, un fragmento del archivo y una copia del mensaje recibido.

Un círculo perfecto: la semilla del pasado enviada al futuro para engendrar su propio origen.

Al liberar la cápsula, una luz recorrió el cielo.

Descendió lentamente hacia el planeta, desintegrándose en una lluvia brillante.

Mireia, mirando por la escotilla, dijo:

—Parece nieve.

—No —respondió Park—. Es memoria cayendo.

El mensaje de la Tierra volvió a sonar, desvaneciéndose entre estática:

“Si existís, sois nosotros.”

Park se quedó mirando el horizonte estelar.

—Y si ellos son nosotros —susurró—, entonces… nunca nos fuimos.

Afuera, la cápsula ardía al entrar en la atmósfera.

Y sobre un planeta joven, las primeras moléculas comenzaron a recordar quiénes eran.