La Peregrina · Capítulo XV
El regreso de la luz
La estación temblaba.
El metal gemía como un animal herido mientras las luces parpadeaban al ritmo del miedo.
En el exterior, Náyade giraba serena, ignorante de la catástrofe que orbitaba sobre su piel.
Senda, desde La Peregrina, trataba de estabilizar la conexión.
—Fluctuaciones cuánticas en aumento. La estructura temporal se está cerrando.
—Traduce eso —pidió Cárdenas.
—El pasado y el futuro están colisionando —respondió la IA con calma de tumba.
Park, de pie frente al panel donde su otra imagen había hablado, contemplaba el resplandor que ahora cubría toda la sala.
—Ella sabía que esto ocurriría —dijo.
—Ella eras tú —replicó Tala.
—O seré. O fui. —Park sonrió con cansancio—. Da igual. Siempre volvemos.
La proyección volvió a encenderse, mostrando fragmentos de rostros humanos, paisajes terrestres, ruinas de ciudades que parecían idénticas a las de Náyade.
Todo se confundía: las montañas de la Tierra y las cúpulas alienígenas, los océanos gemelos, los mismos errores replicados en distinto siglo.
Senda lanzó un último informe:
—Energía temporal alcanzando umbral crítico. Recomendación: evacuación inmediata.
—¿Y si lo dejamos colapsar? —preguntó Mireia desde la superficie, a través del canal de voz—.
—Si el ciclo se rompe —explicó Senda—, todo lo que conocemos dejará de existir.
—¿Y si no lo rompemos? —preguntó Park.
Silencio.
Luego, la IA respondió:
—Entonces existiremos… para siempre. Repitiendo lo mismo.
La nave La Peregrina encendió motores para iniciar el ascenso de rescate.
Desde el suelo, los tripulantes observaban el cielo abrirse en una grieta de luz blanca.
Parecía una aurora.
Pero era el tiempo, partiéndose.
En la estación, Park y su equipo corrieron hacia el módulo de acoplamiento.
Tala tropezó; Cárdenas la levantó de un tirón.
Las paredes vibraban.
A través de las rendijas, se filtraban haces de luz que parecían atravesar la materia, borrando su forma.
Todo cuanto tocaban desaparecía sin ruido, como si nunca hubiera existido.
Llegaron al módulo justo cuando el anillo exterior de la estación se desintegraba.
El acoplamiento con La Peregrina fue violento, pero funcionó.
Yuri, desde el control, gritó:
—¡Cerrando compuertas!
El último destello los envolvió.
Durante unos segundos, el universo se volvió blanco.
No luz, sino memoria pura.
Cuando recuperaron la vista, la estación ya no estaba.
Solo el vacío, y debajo, el planeta —Náyade— que ahora parecía distinto.
Más azul. Más joven.
Sarah, desde la consola, leyó los datos.
—Campo magnético alterado. Coordenadas temporales... cambiadas.
Park comprendió antes que nadie.
—No hemos escapado —dijo con voz ronca—. Hemos vuelto… atrás.
—¿Atrás cuánto? —preguntó Yuri.
Senda respondió:
—Ciento veinticuatro años.
Los rostros se congelaron.
El ciclo se había cerrado otra vez.
Park se levantó, caminó hacia la escotilla y miró el planeta que resplandecía bajo ellos.
—La humanidad volverá a mirar al cielo —susurró—. Volverá a buscarnos.
Tala se echó a llorar.
—Entonces… ¿todo esto fue en vano?
Park negó con suavidad.
—No. Nada es en vano cuando alguien recuerda.
Y en el vacío donde antes estuvo la estación,
una chispa diminuta persistió,
girando lentamente entre dos siglos.
No era fuego ni máquina.
Era luz.
Y parecía esperar su turno para volver a empezar.