Portada de La Peregrina, Capítulo XIV, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo XIV

El espejo orbital

José Miguel Esteban Lupiáñez

Senda fue la primera en detectarlo: un punto estático sobre el ecuador de Náyade, invisible a simple vista pero emitiendo un pulso constante, regular, idéntico al patrón que habían registrado desde su llegada.

No era una luna, ni un satélite natural.

Era una construcción.

Y seguía activa.

—Altitud: treinta y seis mil kilómetros —informó Senda—. Estructura estable. Fuente energética interna.

Park observó el mapa holográfico.

—Una estación orbital. O lo que queda de ella.

—No queda —corrigió Cárdenas—. Funciona.

La decisión fue inmediata.

Dejarían a la mitad del equipo en la superficie y ascenderían con una lanzadera auxiliar.

Park, Cárdenas, Tala y Yuri serían los que irían arriba.

Mireia protestó, inútilmente.

—Si algo sale mal, no habrá rescate posible.

—Nada sale bien en un mundo que no nos pertenece —replicó Park.

El ascenso atravesó la atmósfera azul verdosa como un cuchillo.

Desde la altura, Náyade se mostraba serena, casi bella: un planeta redondo y vivo que ocultaba su tragedia bajo el barniz del equilibrio.

Pero a medida que se acercaban al punto orbital, el paisaje cambió: una sombra metálica, inmensa, empezó a tomar forma.

La estación —una estructura circular de kilómetros de diámetro— giraba lentamente sobre sí misma, bañada en la luz blanca de su estrella.

No estaba abandonada.

Había energía, había ritmo.

Y en el centro, una cúpula translúcida.

—¿Qué demonios es eso? —susurró Yuri.

—Un ojo —dijo Tala, sin apartar la vista—. Está mirándonos.

El acoplamiento fue tenso.

El metal rechinó, como si la estación dudara entre aceptarlos o defenderse.

Cuando entraron, los pasillos se iluminaron solos.

No había polvo, ni deterioro.

Era como si el lugar hubiese estado esperando.

En el núcleo central encontraron lo imposible: una consola activa, una interfaz luminosa que respondía a sus movimientos.

Senda, en enlace remoto, tradujo los datos.

—Coincidencia de diseño: arquitectura computacional humana del siglo XXIII.

—Eso no puede ser —murmuró Cárdenas—.

—Lo es —dijo Park—. Esta estación es nuestra.

El silencio se volvió insoportable.

Tala tocó la superficie del panel.

La luz cambió de tono y proyectó una imagen: una grabación de video, en color degradado, mostrando un grupo de ingenieros humanos con insignias de la Misión Peregrina.

Entre ellos, un rostro que reconocieron al instante: Hye-Jin Park.

La Park que estaba allí, en carne y hueso, retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

—Eso es imposible.

La imagen hablaba, su voz era idéntica:

“Si ves esto, significa que el ciclo ha comenzado otra vez. No intentamos huir del pasado, sino del futuro. Náyade es la Tierra. Su reflejo. Nuestro eco.”

Los sistemas de la estación se activaron de golpe.

Las pantallas mostraron órbitas, fechas, líneas temporales superpuestas.

El planeta giraba en un bucle de tiempo: cada cataclismo daba paso a una reconstrucción, cada reconstrucción a otro colapso.

Humanidad tras humanidad, repitiendo la misma espiral.

Cárdenas gritó:

—Estamos dentro de un ciclo cerrado. ¡El universo no avanza, se repite!

Senda confirmó:

—Anomalía temporal confirmada. Náyade y la Tierra son puntos distintos de la misma línea causal, separados por una refracción temporal autogenerada.

Park miró la proyección, donde su otro yo seguía hablando con serenidad:

“No hay escape. Solo recuerdo. Si queremos romper el ciclo, debemos olvidar. Pero olvidar es dejar de ser humanos.”

El video se interrumpió.

Las luces titilaron.

La estación comenzó a temblar, como si el tiempo mismo respirara con dificultad.

Por primera vez desde que partieron, Park entendió que el viaje nunca había sido hacia afuera.

Habían viajado dentro del propio destino.