Portada de La Peregrina, Capítulo XIII, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo XIII

Las guerras que no recordamos

José Miguel Esteban Lupiáñez

La cámara subterránea se había sellado por completo, pero el eco de lo visto persistía.

No era solo en la mente de los doce del alba: el propio planeta parecía vibrar con la memoria reactivada.

Durante horas, los sensores de Senda registraron aumentos en el campo electromagnético, como si Náyade despertara de un sueño agitado.

En la superficie, Park observaba las ruinas desde la cima de una torre derrumbada.

El viento arrastraba polvo azul y fragmentos de una historia que no quería morir.

El equipo había acampado en silencio, incapaz de articular las conclusiones.

A media tarde, Senda transmitió nuevos datos.

—He completado la decodificación parcial del archivo visual.

—¿Qué contiene? —preguntó Park.

—Cronología. Registros históricos. Conflictos.

En las pantallas portátiles aparecieron imágenes fragmentadas:

naves, ejércitos, explosiones en órbita, ciudades evaporadas en segundos.

Una guerra de precisión matemática, donde cada ataque parecía planificado con la frialdad de una ecuación.

Tala tomó notas febrilmente.

—No luchaban por territorio —dijo—. Luchaban por interpretación. Por cómo entender el mundo.

Mireia asintió, pálida.

—Ciencia contra fe. Progreso contra memoria. Su civilización se dividió intentando decidir si merecía seguir existiendo.

Yuri apretó los puños.

—Suena familiar.

En los archivos se veía cómo la población se refugiaba bajo tierra, creando vastas ciudades subterráneas, protegidas por campos de energía.

Pero incluso allí, la guerra los alcanzó.

El aire se volvió tóxico, los mares hirvieron, el cielo se volvió negro.

El último mensaje grabado antes del colapso era una voz coral, sin rostro, sin idioma reconocible, pero llena de desesperación:

“Nos miramos al espejo del cosmos… y no nos reconocimos.”

El silencio que siguió fue insoportable.

Park cerró los ojos.

—Ellos no murieron por odio. Murieron por exceso de conocimiento.

—¿Y si ese conocimiento también era nuestro? —preguntó Sarah.

Senda interrumpió de nuevo:

—Doctora Park, el patrón energético detectado coincide con frecuencias humanas contemporáneas.

—¿Qué quieres decir?

—Los mismos códigos de transmisión se registran en la Tierra… hace ciento veinticuatro años.

Todos quedaron inmóviles.

Ciento veinticuatro años: la misma distancia temporal que separaba la señal original de Náyade de su descubrimiento.

El círculo se cerraba.

Park habló despacio, como si temiera oír su propia voz:

—No estamos viendo su pasado. Estamos viendo nuestro futuro.

El viento sopló entre las ruinas con un sonido hueco, casi humano.

Mireia rompió el silencio.

—Entonces, ¿esto no es otro mundo?

Park no respondió.

Solo miró el horizonte, donde las dos lunas de Náyade se reflejaban en el mar gris.

Y por un instante, bajo aquella luz oblicua,

el planeta y la Tierra parecieron ser el mismo cuerpo visto desde dos tiempos distintos.