La Peregrina · Capítulo XII
El archivo de los ancestros
El amanecer llegó sin lluvia, pero con una niebla espesa que olía a metal.
La ciudad dormida parecía flotar en un mar de vapor.
Senda, desde la órbita, localizó la fuente de energía detectada el día anterior: un punto exacto bajo las ruinas, a cien metros de profundidad.
Park reunió al equipo.
—Si esto es lo que parece, podríamos estar ante un archivo.
—O ante una trampa —respondió Cárdenas, revisando el sensor de radiación.
—Los muertos no ponen trampas —dijo Park, sin humor—. Solo advertencias.
Descendieron por una grieta estrecha hasta una cámara circular.
El suelo era de un material oscuro y liso; en el centro, doce cilindros alineados, idénticos, cubiertos por una fina capa de polvo.
El número los inquietó.
Mireia pasó la mano por uno de ellos.
Al contacto, el cilindro se iluminó.
El resplandor recorrió la sala como una onda de agua.
La superficie del suelo se abrió con suavidad, revelando un panel translúcido cubierto de símbolos que comenzaron a desplazarse como si despertaran.
Senda, en conexión directa, tradujo los datos en tiempo real.
—No es escritura convencional. Son matrices de información: luz codificada, ADN, sonido.
—¿Una biblioteca? —preguntó Tala.
—Más bien una confesión —dijo Park.
Las imágenes aparecieron como sueños proyectados en el aire:
ciudades vibrantes, criaturas de piel traslúcida y ojos enormes, mares que cantaban bajo lunas gemelas.
Una civilización viva, armoniosa, obsesionada con la simetría y el equilibrio.
Hasta que las imágenes cambiaron.
Primero, el fuego.
Después, el humo.
Torres derrumbadas.
Y finalmente, una esfera de luz blanca expandiéndose sobre el planeta.
Senda redujo el brillo automático:
—Energía concentrada equivalente a cien mil detonaciones nucleares.
Silencio.
Las proyecciones siguieron mostrando lo que parecía una retirada desesperada hacia refugios subterráneos, y luego... nada.
Oscuridad.
Una línea final apareció en el panel, escrita en aquel idioma de espirales:
“Nos destruimos intentando recordar lo que ya sabíamos.”
Tala cubrió el rostro con las manos.
—No eran dioses —susurró—. Éramos nosotros.
—O seremos —dijo Park.
En el fondo de la cámara, Ayaan encontró un segundo compartimento: un disco tallado con una precisión imposible.
En el centro, una espiral doble idéntica a la cadena del ADN humano.
No necesitó palabras.
Todos entendieron.
Senda confirmó la coincidencia.
—Coincidencia genética del 99,4 %.
—Entonces… —empezó Mireia, sin poder terminar—.
—Entonces venimos de aquí —dijo Park.
O, quizá, —añadió en voz baja— volvimos.
El viento del exterior comenzó a colarse por las grietas.
Los símbolos se apagaron uno a uno, como si el planeta hubiera dicho lo que debía y pudiera, por fin, descansar.
La cámara se cerró sola, sellando su historia.
Pero algo había cambiado:
ya no eran exploradores en tierra ajena.
Eran hijos que habían regresado demasiado tarde a casa.