La Peregrina · Capítulo XI
Los alfabetos del viento
El amanecer llegó gris y calmo, como si Náyade hubiese decidido guardar silencio antes de hablar.
El campamento improvisado en el corazón de la ciudad dormida parecía una constelación de luces titilando entre esqueletos de edificios.
A lo lejos, el océano emitía su rumor constante: una respiración antigua que marcaba el compás de la espera.
Tala Romero se inclinaba sobre una losa translúcida cubierta de grabados espirales.
Los había limpiado durante la noche, con paciencia de cirujana y ternura de madre.
Cada línea era diferente, pero el conjunto seguía un orden rítmico, casi musical.
Los símbolos parecían responder al viento, brillando tenuemente cuando las corrientes de aire los tocaban.
—No es escritura —murmuró Tala—. Es resonancia.
Park se acercó.
—¿Quieres decir que... su lenguaje era sonoro?
—No solo eso. Creo que el viento era su alfabeto. Cada corriente, una sílaba; cada remolino, una palabra.
Durante horas, grabaron el sonido del aire atravesando las ruinas.
Y lo que escucharon después, al reproducirlo en cámara lenta, fue desconcertante:
una secuencia de tonos repetidos, organizados como una melodía incompleta.
Senda procesó las frecuencias, las tradujo a patrones visuales, y en la pantalla apareció algo parecido a un mensaje.
“No miréis el cielo, mirad lo que cae de él.”
Mireia se estremeció.
—¿Eso lo ha traducido Senda?
—No —respondió Tala—. Lo ha traducido la lógica. Y la lógica, a veces, tiene miedo.
Ayaan, mientras tanto, exploraba una galería subterránea.
En las paredes había relieves: figuras estilizadas que parecían seres con brazos extendidos hacia una esfera luminosa.
Algunos la adoraban. Otros huían de ella.
Las capas de pigmento se alternaban entre azul y gris, como si el propio tiempo se hubiera pintado encima.
En el suelo, fragmentos de material vitrificado.
Cárdenas los examinó con el sensor térmico:
—Fusión a temperaturas extremas. Esto fue fuego. No volcánico. Fuego dirigido.
Park lo miró en silencio.
Ya no se trataba de arqueología. Era autopsia.
Por la tarde, la lluvia regresó, pero esta vez no era como las anteriores.
Caía densa, oblicua, y al tocar el suelo generaba pequeños destellos eléctricos.
El sonido del agua contra las losas hizo vibrar los grabados; los símbolos comenzaron a emitir luz, como si el planeta intentara hablar a través de su tormenta.
Tala, empapada, levantó los brazos hacia el cielo.
—Escuchad —gritó—. ¡Está repitiendo la misma secuencia!
Senda confirmó desde la órbita:
—Patrón idéntico al registrado en la mañana. Intensidad triplicada.
El viento rugía entre las ruinas, y la melodía —si podía llamarse así— se volvió más clara.
No eran palabras.
Eran advertencias.
El planeta, o lo que quedaba de su memoria, intentaba decir algo a quienes habían llegado demasiado tarde.
Cuando por fin el aguacero cesó, el silencio dejó una frase suspendida en todos los labios:
—Nos está contando cómo murió —susurró Mireia.
Y el viento, cómplice o testigo, siguió soplando entre las ruinas,
repitiendo, incansable, los alfabetos de un mundo que no quería ser olvidado.