La Peregrina · Capítulo X
Ruinas
El amanecer llegó sin avisar, como una respiración contenida que al fin se libera.
El campamento seguía envuelto en la lluvia tenue que ya nadie temía.
El sonido del agua se había convertido en una especie de compañía: un reloj natural que marcaba el pulso del planeta.
Al este, más allá del lago, el relieve cambiaba.
El radar de Ayaan detectó geometrías imposibles: líneas rectas, ángulos exactos, proporciones que ningún accidente natural dibuja.
Park reunió a la tripulación.
—Hoy caminaremos hacia lo que el planeta recuerda —dijo.
El trayecto duró cuatro horas.
El terreno, cubierto de líquenes azulados, se volvió más rocoso y seco.
A cada paso, la sensación de estar profanando algo antiguo crecía.
Cuando coronaron la colina, el paisaje se abrió como una herida: ante ellos, una ciudad muerta dormía bajo la arena.
Eran ruinas, sí, pero no de piedra: estructuras translúcidas, curvas, casi orgánicas, erosionadas por el tiempo.
Algunas conservaban la forma de cúpulas; otras, la silueta de torres inclinadas.
Entre ellas, el silencio.
Un silencio tan denso que incluso Senda, desde la órbita, redujo la ganancia de audio por precaución.
—Esto… —susurró Ayaan— no puede tener menos de cincuenta mil años.
—O más —respondió Park—. El tiempo, aquí, no parece obedecer las mismas reglas.
Mireia, la médica, se acercó a una pared semienterrada.
Al tocarla, el material cambió de tonalidad, como si reconociera el contacto.
Retrocedió un paso.
—Está viva —dijo—. O algo parecido.
Yuri, acostumbrado a la muerte del espacio, encendió su cámara.
—Registremos antes de entender —dijo.
Sus manos no temblaban, pero su respiración sí.
El grupo avanzó por lo que parecía una avenida.
El suelo estaba cubierto de polvo gris, fino como ceniza.
Sarah tomó una muestra; al analizarla, su rostro se tensó:
—No es piedra ni arena. Son restos orgánicos carbonizados.
Silencio.
La ciudad, entonces, pareció respirar.
Park se agachó junto a una losa grabada con símbolos en espiral.
No eran letras, pero repetían un patrón lógico, casi musical.
Llamó a Tala, la lingüista.
—¿Lenguaje?
—Lenguaje —confirmó—. Pero no sabemos si aún está hablando.
A medida que descendían por lo que había sido una gran plaza, descubrieron estructuras semienterradas: viviendas, canales, estatuas fracturadas.
En el centro, una torre derrumbada, recubierta por capas de sedimento.
Sobre ella, una inscripción mayor que las otras.
Tala trazó sus contornos con la linterna y, sin saber por qué, dijo en voz baja:
—Esto no lo construyeron para vivir. Lo construyeron para recordar.
De pronto, Senda interrumpió desde la órbita:
—Detecto emisión energética residual en coordenadas 45.8 norte, 12.3 oeste. Fuente desconocida.
Cárdenas sonrió, nervioso.
—¿Residuos de radiación?
—Negativo —dijo Senda—. Patrón periódico. Repetición cada seis minutos. Igual que el pulso atmosférico.
Todos se miraron.
Park se quitó los guantes, tocó la superficie translúcida y murmuró:
—Esto no está muerto.
Y como si el planeta esperara esa frase, el suelo bajo sus pies vibró.
El eco recorrió la ciudad como una ola.
Las cúpulas rotas emitieron un brillo tenue, un suspiro de energía.
Durante un instante, las ruinas parecieron despertar, proyectando sombras móviles sobre la arena.
Después, todo volvió al silencio.
Solo la lluvia —sí, otra vez la lluvia— siguió cayendo sobre las piedras, lavando la historia, borrando las huellas.
El pasado no estaba enterrado.
Solo dormía.
Y acababa de oír su nombre.