Portada del Capítulo III — Confirmación pendiente

Historias contemporáneas · Capítulo III

Confirmación pendiente

José Miguel Esteban

La pantalla vibraba como si tuviera frío. “Tu solicitud está en proceso de verificación”, decía el mensaje, otra vez, igual que ayer, igual que la semana pasada, igual que desde el Pleistoceno digital.
El hombre suspiró. Aquel suspiro habría movido hojas secas si no viviera en un piso sin plantas. Pensó en cerrar el portátil, en tirarlo por la ventana, en quemarlo en un ritual vikingo para que los dioses del Wi-Fi atendieran al fin su plegaria. Pero no: esperaría otro minuto. Otro más. Siempre otro más.

La confirmación pendiente era para algo absurdo: acceder a su propia ficha de usuario en un servicio que llevaba usando diez años. No pedía un préstamo, no solicitaba una operación secreta, no quería entrar en un búnker nuclear. Solo ver sus datos. Sus propios datos. Pero claro, el reino moderno no tenía reyes, tenía procesos, y los procesos son más crueles porque no entienden de súplicas.

Abrió el correo. Siete mensajes nuevos.
Todos idénticos.
Todos con el asunto: “Aviso: Acción requerida”.
Ironía pura: requerían acción, pero ninguna acción servía.

—Qué hermoso es vivir en tiempos inteligentes —murmuró, con un sarcasmo afilado como un bisturí sin esterilizar.

Pulsó el enlace del último correo. Se abrió una página minimalista, blanca, pura, tan limpia que parecía burlarse de su caos interno.
Ahí estaba: “Estamos revisando tu caso. Te avisaremos.”

Le dio por reír. Una risa larga, rota, casi lírica.
Qué bonito verbo, “avisaremos”. Tan cómodo para ellos. Tan inútil para él.

La tarde se derrumbó sobre la ventana, y la ciudad se encendió como un tablero de ajedrez en llamas.
El hombre caminaba por el piso en círculos lentos, como un satélite condenado a orbitar un planeta que nunca lo llamaría por su nombre. Cada diez pasos volvía al portátil para ver si algo había cambiado.

Nada.

La confirmación seguía tan pendiente como sus sueños.

Entonces sonó el teléfono. Un número largo, anónimo, sospechoso como un sobre húmedo.
Respiró hondo y contestó.

—Buenas tardes —dijo una voz metálica, aunque pretendía sonar humana—. Le llamamos del departamento de Validación.

El hombre sintió un estremecimiento. Por fin.
La burocracia digital había descendido a hablarle en forma de oráculo sintético.

—Necesitamos una prueba de identidad adicional —continuó la voz—. ¿Podemos hacerle unas preguntas?

—Adelante —dijo él, firme, decidido, como un caballero aceptando un duelo.

—Primera pregunta: ¿Cuál es el nombre de su primera mascota?

Respondió sin dudar.
Era el nombre de un perro que nunca olvidó.

—Segunda pregunta: ¿Cuál es el color del coche que tenía su padre cuando usted tenía seis años?

Respondió también.

Silencio.

Luego, la voz dijo:

—Esa información no coincide con nuestros registros.

El hombre abrió los ojos como si acabara de ver caer un meteorito en su salón.

—¿Cómo que no coincide? ¡Yo estaba allí! ¡Yo era yo! ¡El perro era el perro! ¡El coche era marrón, feo y viejo, cómo va a ser de otro color!

—No coincide —repitió la voz, sin emociones, como quien lee un recibo de pan.

—Pero si los datos son míos.

—Los registros dicen que el perro se llamaba distinto.

—¿Cómo se va a llamar distinto si lo nombré yo?

—Lo siento —dijo la voz, pero sin sentir nada—. Tendrá que iniciar un nuevo proceso de verificación.

—No —respondió él, y lo dijo con una calma peligrosa, como quien descubre que su paciencia se ha evaporado sin dejar nota de despedida.

—Debe iniciar un nuevo proceso de…

—No.
Ni un nuevo proceso. Ni una nueva espera. Ni una nueva humillación. Basta.

Por primera vez en semanas, sintió algo parecido al control.
Tal vez era rabia.
Tal vez era dignidad.
Tal vez eran ambas bailando un tango torcido.

—Comprendo su frustración —dijo la voz, como si hubiera leído esa frase en una galleta de la fortuna—. ¿Desea hablar con un agente humano?

—Sí —dijo él, encendiendo esa chispa de esperanza que siempre jura que es la última vez que se deja engañar.

—Un momento, por favor —dijo la voz.

Y sonó música.
Una melodía suave, irritante, un vals de ascensor tocado por músicos con resaca.
La escuchó durante cinco, diez, veinte minutos.
Quizá una hora.
El tiempo dejó de tener textura.

Finalmente, la música murió de golpe.
Y otra voz habló.
Una voz humana… o al menos no tan mecánica.

—Buenas. Soy Carlos. ¿En qué puedo ayudarle?

El hombre explicó todo. Desde el principio. Con una mezcla de rabia y poesía, como si declamara una tragedia escrita por Kafka después de una noche de desvelo.

Carlos escuchó. O fingió escuchar.
Luego preguntó:

—¿Ha probado a cerrar sesión y volver a entrar?

El hombre quedó en silencio.
Ese silencio denso, profundo, el que anuncia tormenta o iluminación.

—Sí, Carlos. Lo he probado.

—Perfecto —dijo Carlos—. Entonces voy a generar un código de verificación.

—¿Otro más?

—Sí.

Recibió un SMS.
Lo introdujo.
Falló.

—Ese código no es válido —explicó Carlos, sin sorpresa alguna—. Le envío otro.

Otro SMS.
Otro intento.
Otro fallo.

El hombre sintió que el alma se le descolgaba y se arrastraba por el suelo, agotada.

—Carlos, no quiero otro código.

—Es necesario.

—Carlos, quiero mi cuenta. Es mía.

—Lo entiendo, caballero.

—No, Carlos, no lo entiendes. Mi identidad está secuestrada por sus procesos. Mis recuerdos no coinciden con sus registros. Mis datos, que nacieron conmigo, que crecieron conmigo, que envejecieron conmigo… ahora no me pertenecen.

Carlos suspiró.
Quizá también estaba cansado.
Quizá sabía que nadie escapa al laberinto de los protocolos.

—Mire —dijo—. Le seré sincero. Cuando un caso entra en “confirmación pendiente” demasiado tiempo… es difícil recuperarlo.

El hombre cerró los ojos.
Una sombra dulce le cruzó la mente.

—Entonces… ¿qué hago?

Carlos dudó. Apenas un segundo.

—Crear una cuenta nueva.

—¿Y perderlo todo?

—No se pierde nada —mintió Carlos con una suavidad casi piadosa—. Empieza de cero.

Empieza de cero.
Qué frase tan limpia.
Tan fácil de pronunciar desde fuera.
Tan devastadora cuando te cae encima.

Esa noche, el hombre abrió la ventana.
El aire frío entró como un ladrón honesto.
Miró la ciudad.
Miró la pantalla.
Miró su propio reflejo, cansado y testarudo.

Y decidió algo.

No iniciaría una cuenta nueva.
Ni un proceso nuevo.
Ni una vida nueva.
Lucharía.
Aunque el enemigo fuera invisible y ridículamente burocrático.

Porque en algún lugar del engranaje, entre un algoritmo torpe y una base de datos mal alimentada, seguía existiendo él.

Y no pensaba renunciarse.