Portada del Capítulo IV — El hombre que pidió hablar con el supervisor

Historias contemporáneas · Capítulo IV

El hombre que pidió hablar con el supervisor

José Miguel Esteban

Hay batallas que nacen pequeñas, casi domésticas, pero que acaban adquiriendo la solemnidad absurda de una tragedia griega.
Esta empezó un martes por la mañana, ese día que se dedica a recordarnos que la vida no siempre nos quiere.

El protagonista —llamémosle Arturo, aunque cualquier mortal podría ocupar su lugar— decidió llamar al servicio de atención al cliente de su compañía de internet.
Tenía una pregunta sencilla, inocente, casi infantil:

“¿Por qué demonios va tan lento mi wifi?”

Era un interrogante legítimo, de esos que la humanidad viene arrastrando desde que el primer módem gritó como un cerdo electrocutado allá por los noventa.

Marcó el número.
Una voz automática brotó del auricular con la frialdad floreada de un robot que quiere parecer simpático:

—Para mejorar su experiencia, su llamada puede ser grabada.

Arturo pensó: “Ojalá la graben, así quedará constancia del crimen”.

El menú de opciones empezó a recitarse con el ritmo narcótico de un salmo tecnológico.
Opciones infinitas, ramas dentro de ramas, un laberinto virtual construido por algún minotauro informático con mala leche.

Después de siete minutos de pulsar números al azar, la voz anunció:

—Será atendido por un agente en aproximadamente… treinta y dos minutos.

Arturo suspiró como quien entrega su alma en un mostrador celestial.

Cuando finalmente lo atendieron, sonó una voz humana.
O algo que se le parecía.

—Muy buenos días, mi nombre es Lucas, ¿en qué puedo ayudarle?

Arturo explicó el problema con precisión quirúrgica: la wifi iba lenta, lentísima, pasmosa, como una tortuga deprimida.

Lucas respondió con ese tono zen de quien está a tres segundos de recitar un mantra corporativo:

—Entiendo perfectamente su preocupación, señor Arturo. Vamos a reiniciar su router remotamente, ¿de acuerdo?

—¡Ya lo he reiniciado! —dijo Arturo, con una voz que empezaba a oler a tragedia.

—Perfecto, voy a pedirle que lo reinicie otra vez.

—Pero acabo de decir que…
—Es por protocolo.

Ah, el protocolo.
Ese dios burocrático que exige sacrificios constantes, pero nunca explica por qué.

Arturo obedeció.
Reinició.
Esperó.
Nada cambió.

Lucas respiró hondo, como si fuera él quien estuviera sufriendo.

—Bien, señor Arturo, lo que voy a hacer ahora es derivarlo al departamento correspondiente.
Y lo derivó.

La nueva voz era idéntica a la anterior.
Tal vez eran hermanos. O clones. O un ejército de jóvenes reclutados por una inteligencia artificial carnívora.

De nuevo explicar el problema.
De nuevo las mismas preguntas.
De nuevo la misma letanía de pasos inútiles que sólo servían para desgastar el alma humana.

Llega un momento en que el espíritu se quiebra.
Y Arturo lo sintió.
Sintió ese punto exacto en que el ciudadano común deja de ser persona para transformarse en puro instinto de supervivencia.

Y entonces pronunció la frase prohibida.
La frase que altera el orden natural del universo corporativo.
La frase que ningún teleoperador quiere oír.

—Quiero hablar con un supervisor.

Silencio.
Un silencio tan profundo que parecía un agujero negro tragándose la línea telefónica.

La voz respondió con un temblor imperceptible:

—¿Con… el supervisor?

Ahí estaba.
El mito.
La figura legendaria que habita en lo más hondo del organigrama:
el Supervisor.
Un ser cuántico que existe y no existe a la vez, como los neutrinos o las promesas electorales.

La música de espera volvió a sonar.
Una melodía torturada, mal grabada, con la textura sonora de una flauta hecha de plástico reciclado.

Pasaron cinco minutos.
Diez.
Veintitrés.

Cuando la llamada volvió, fue otra voz. Una voz grave. Con autoridad. Con fisuras. Con un eco extraño, como si hablara desde un despacho sin ventanas.

—Soy el supervisor. ¿Cuál es su incidencia?

Arturo sintió un estremecimiento religioso.
Había llegado al jefe final.
El dragón.
La montaña.

Repitió la historia otra vez.
Esta vez con un dramatismo casi poético, como quien narra una epopeya en la que el villano es un router.

El supervisor escuchó en silencio.
Y cuando terminó, dijo:

—Entiendo.
Pausa.
—No puedo ayudarle.

Arturo parpadeó.

—¿Cómo que no puede?
—Es un problema generalizado en su zona.
—¿Y por qué nadie me lo ha dicho antes?
—No constaba en el sistema hasta ahora.
—¿Hasta ahora que he hablado con usted?
—Exacto.

Arturo sintió un fogonazo de claridad.
Todo era un teatro.
Un laberinto diseñado para agotar a los clientes hasta que aceptaran cualquier explicación.

El supervisor carraspeó:

—¿Desea abrir una incidencia?

Arturo, fatigado, resignado, lírico en su desesperación, respondió:

—No.
Lo único que deseo…
es volver a hablar con una persona real.

El supervisor suspiró:

—Créame… yo también.

Y colgó.

Arturo se quedó con el teléfono en la mano, contemplando el silencio como quien mira el mar después de una tormenta.
Sabía que el wifi seguiría igual de lento.
Sabía que nada cambiaría.

Pero había logrado algo grande:
había atravesado el infierno corporativo
y había vuelto vivo para contarlo.

Y eso —en este mundo— ya cuenta como milagro.