Portada del Capítulo II — Atención al cliente

Historias contemporáneas · Capítulo II

Atención al cliente

José Miguel Esteban

El teléfono suena con la cadencia hipnótica de un electrocardiograma en calma.
Lucía lo mira con resignación, como quien observa un animal herido que insiste en vivir.
Sabe lo que viene: una odisea de menús automáticos, voces metálicas, esperas sin tiempo.
Pero hoy está decidida. Hoy va a cancelar su línea telefónica.
Solo eso. Cancelar.
Una palabra breve y limpia.

—Gracias por llamar al servicio de atención al cliente. Si desea hablar con un operador, diga operador.
—Operador.
—Lo siento, no le he entendido. Diga operador.
—O-pe-ra-dor.
—Ha dicho “oferta”. ¿Desea conocer nuestras nuevas tarifas?

Lucía suspira. El aire parece volverse más denso, como si la casa entera respirara con ella.
Desde la televisión apagada, su reflejo le devuelve una sonrisa irónica: una mujer sola, en bata, intentando razonar con un algoritmo.

El sistema continúa:
—Por motivos de calidad, su llamada puede ser grabada.
—Grábenla, pero cancelen la línea.
—Ha dicho “cambiar línea”. Un momento, por favor.

La música que sigue es una tortura pulida, un vals electrónico que parece no tener principio ni final.
Lucía imagina a un programador encerrado en un sótano componiendo esa melodía, con un solo objetivo: romper la voluntad humana.

Han pasado veinte minutos cuando por fin alguien contesta.
—Buenas tardes, le atiende Raúl, ¿en qué puedo ayudarla?
La voz suena joven, pero agotada, como si hubiera visto demasiadas almas rendirse al teléfono.
—Quiero cancelar mi línea.
—Perfecto, señora. Solo necesito hacerle unas preguntas de seguridad.
Lucía asiente en silencio, aunque él no puede verla.
—¿Podría decirme su número de cliente?
—No lo tengo a mano.
—¿Su DNI?
—Sí, pero…
—¿Su fecha de nacimiento?
—Vale, 4 de agosto del 79.
—Perfecto. ¿Podría decirme la respuesta a su pregunta de seguridad?
—¿Qué pregunta?
—La que eligió cuando contrató el servicio.
—Eso fue hace diez años.
—Le doy una pista: “nombre de tu primer…”
—¡No puede ser! ¿De verdad mi primer gato?
—Sí, señora.
—Murió en 2008.

Raúl guarda silencio unos segundos.
Luego, casi con ternura, dice:
—Lo siento por su pérdida, pero necesito la respuesta exacta.

Lucía siente un escalofrío. El gato se llamaba Ulises, pero ¿con mayúscula o minúscula? ¿Con tilde? ¿Sin tilde?
—Ulises —dice, cruzando los dedos.
—Lo siento, no coincide.
—¡Era un gato, no un contrato con Hacienda!
—Comprendo su frustración. Le transferiré con mi supervisor.

Y el vals electrónico regresa.
Lucía empieza a pensar que Raúl nunca existió.
Que todo ha sido una ilusión cuidadosamente diseñada para mantenerla ocupada, para que siga pagando.

El supervisor tarda quince minutos en llegar.
Su voz suena más grave, más firme, más robótica.
—Le habla el supervisor técnico. ¿En qué puedo asistirla?
—Quiero cancelar mi línea.
—Por supuesto. Pero antes debo informarle de nuestras promociones.
—No quiero promociones.
—Entiendo. Pero si no escucha las promociones, el sistema no me permite continuar.

Lucía cierra los ojos. Escucha cómo su paciencia se derrite gota a gota.
El supervisor recita las tarifas con precisión quirúrgica.
Cada palabra pesa una tonelada de indiferencia.

—¿Le interesa mantener su número por solo dos euros menos al mes?
—No.
—¿Seguro?
—No.
—¿Completamente segura?
—¡Sí!
—Perfecto. Un momento por favor, voy a transferirla al departamento de cancelaciones.

Otra vez la música.
Lucía piensa que si el infierno tuviera centralita, sonaría exactamente así.
El tiempo se distorsiona. Su té se ha enfriado, el reloj parece ir en círculos, y en la ventana ya no es de día ni de noche.

—Buenas noches —dice una voz femenina al fin—. Le habla Mariana, del departamento de fidelización. ¿Cómo se encuentra hoy?
Lucía ríe. Una carcajada que roza la histeria.
—Mariana, llevo una hora intentando cancelar mi línea.
—Lo entiendo, y me gustaría ayudarla. Pero antes, ¿podría explicarme por qué desea marcharse?

Lucía se queda muda.
Por qué. Qué palabra tan absurda.
Podría decirle la verdad: porque está cansada, porque no confía en nadie, porque cada factura es una metáfora de su esclavitud moderna.
Pero responde:
—Porque ya no la necesito.
—Nadie necesita una línea —responde Mariana con dulzura—. Pero todos necesitamos estar conectados.

Silencio.
Lucía siente un nudo en la garganta.
Mariana habla como una sacerdotisa digital, una voz que no busca vender, sino convencer del sentido de la existencia misma.

—¿Sabe qué pienso, Lucía? —dice la voz—. Que usted tiene miedo.
—¿Perdón?
—Miedo de quedarse sola. De no sonar en ninguna parte.
Lucía cuelga.
El teléfono sigue sonando, pero ahora del otro lado.

La pantalla del televisor se enciende sola.
Un mensaje:

“No se ha completado su cancelación. Le llamaremos en breve.”

Lucía retrocede. El aparato vibra como si respirara.
Un zumbido se cuela por los enchufes, por las paredes, por el aire.
Todo suena como un susurro metálico, una lengua que no entiende.
—Señora —dice la voz desde el televisor—, ha colgado antes de finalizar el proceso.
Lucía tiembla.
—¿Mariana?
—Sí. Aquí seguimos, para ofrecerle la mejor atención.

El reflejo en la pantalla muestra su rostro deformado por la estática.
Ya no distingue si está soñando, si la conversación continúa o si ella misma es una grabación.
—¿Qué quiere de mí? —pregunta.
—Queremos ayudarla —dice Mariana—. Siempre queremos ayudarla.

El televisor muestra entonces una ventana de confirmación:
“Pulse ACEPTAR para continuar.”
Lucía se queda quieta.
El cursor parpadea como un corazón.
Por un instante piensa que si no pulsa, desaparecerá.
Pero si lo hace, quizá se quede atrapada para siempre.

Pulsa.

Y el mundo se apaga.
Solo queda una frase flotando en la oscuridad:

“Gracias por contactar con nosotros. Su satisfacción es nuestra prioridad.”