Portada del Capítulo I — Contraseña incorrecta

Historias contemporáneas · Capítulo I

Contraseña incorrecta

José Miguel Esteban

Desperté antes de que sonara el despertador. En la penumbra azulada del dormitorio, la pantalla del portátil parpadeaba como un ojo insomne, esperando. Aún no había amanecido y ya sentía el peso de una tarea pendiente: recuperar mi identidad digital.

No recuerdo cuándo fue la última vez que inicié sesión sin problemas. Quizá ayer, quizá hace un siglo. Todo empezó con un correo de “seguridad preventiva”: “Detectamos un inicio de sesión sospechoso. Por favor, confirme su identidad.”
Lo abrí medio dormido. Hice clic. Y desde entonces, dejé de existir.

Intenté entrar en mi correo: “Contraseña incorrecta.”
Probé con el banco: “Por su seguridad, la cuenta ha sido bloqueada.”
Redes sociales, nube, historial médico: “Usuario no reconocido.”

Era como si el universo digital me hubiera dado de baja sin previo aviso.

Volví a intentarlo, una y otra vez. Cambié combinaciones, mayúsculas, minúsculas, fechas, nombres, insultos. Hasta mi rabia se convirtió en contraseña: “malditoscabrones2025”. También falló.
El teclado, cómplice silencioso, parecía observarme con lástima.

Abrí la ventana. Afuera, la ciudad todavía dormía, pero podía oír los servidores rugiendo bajo el suelo, millones de máquinas respirando en sincronía. Una humanidad de silicio.
Encendí la cafetera y decidí llamar al servicio técnico.

—Buenos días —dijo una voz metálica—. Para restablecer su acceso, diga su número de usuario o pulse uno.

—No tengo número —contesté—. Solo mi nombre.

—Su nombre no consta en nuestra base de datos —replicó la voz, con una cortesía que dolía más que la indiferencia.

—Pero... ¡soy yo! Uso este servicio desde hace quince años.

—Lo siento, señor. Para poder ayudarle necesito verificar su identidad.

—¿Y cómo se hace eso si he perdido el acceso a todo lo que me identifica?

Silencio. Luego, un pitido breve.

—Ha agotado el tiempo de espera. Adiós.

La segunda llamada fue peor. Esta vez, una operadora humana. Su voz era dulce, casi maternal, pero hablaba como un manual de instrucciones.

—Debe crear una nueva cuenta, señor.

—Pero esa cuenta tenía mis correos, mis fotos, mis facturas, mi historia.

—Lo entiendo —dijo—. Pero según nuestro sistema, usted no es usted.

—¿Y quién soy entonces?

—Eso no nos corresponde determinarlo.

Me quedé mudo. En el fondo, ella tenía razón. ¿Quién era yo sin mis contraseñas, sin mis datos, sin mis perfiles? Un rumor biológico, un cuerpo sin certificado de autenticidad.

Decidí probar suerte con la “recuperación manual”. Abrí la pestaña de ayuda: “Responda las preguntas de seguridad.”

—Nombre de su primera mascota.
—Luna.
—Respuesta incorrecta.

—Lugar de nacimiento.
—Barcelona.
—Respuesta incorrecta.

—Color favorito.
—Azul.
—Respuesta incorrecta.

Las preguntas me miraban con ironía. Quizá había dicho “gris”, o “verde mar”. Quizá ni siquiera era Barcelona, sino Hospitalet. De repente, comprendí que yo ya no recordaba quién fui cuando respondí esas preguntas. El hombre que las contestó había desaparecido hace años, y el sistema no hacía más que confirmarlo.

Me reí. Una risa hueca, casi feliz.
Pensé en todos esos artículos sobre “identidad digital”, sobre lo que somos en línea. Pero nadie te avisa de que puedes morir sin morir, que un simple error tipográfico puede borrar tu existencia de los registros del mundo.

Encendí el móvil. Pedía huella dactilar. Puse el dedo.
“No reconocido.”
El teléfono vibró con desdén. Volví a intentarlo, con más fuerza, como si apretar el sensor me hiciera más real.

Pasó el día entre formularios y frustración. Llamadas, captchas, verificaciones, selfies con DNI. Cada intento era un espejo que no devolvía mi reflejo.
En un momento de desesperación, escribí en el buscador: “¿Qué hacer si ya no existo?”
El primer resultado fue un foro filosófico. Alguien había preguntado lo mismo hacía seis años. Nadie le respondió.

A la noche, me senté frente al portátil apagado. Lo miré como se mira a un viejo amigo que te ha traicionado.
Intenté imaginar quién estaba del otro lado: la entidad anónima que me borró, el algoritmo que decidió que mi identidad era inválida. Quizá no había nadie. Quizá solo era una función automática, una serie de ceros y unos que concluyeron: “Este sujeto ya no cumple los parámetros.”

Apoyé la frente sobre el teclado. Escuché el murmullo de los ventiladores, el zumbido del router, el pulso eléctrico de la casa. Todo seguía funcionando, menos yo.

Entonces, sin pensarlo, apreté el botón de encendido.
La pantalla brilló.

Introduzca su contraseña.

Esta vez escribí despacio. No la que recordaba, sino la que sentía: “yoexisto.”
Enter.
“Contraseña incorrecta.”

No sé cuánto tiempo estuve ahí. Quizá horas. Quizá días.
De pronto, la pantalla se apagó sola, dejando un reflejo tenue de mi cara. Y en ese instante tuve la sensación extraña de estar viendo a otro. Un hombre sin nombre, sin acceso, sin historia.
Solo un par de ojos cansados frente a un rectángulo negro.

Decidí probar algo distinto. Abrí una nueva cuenta.
El formulario era el mismo de siempre:
Nombre, apellidos, correo alternativo, contraseña.
Escribí todo con calma. Al llegar al último campo, dudé. ¿Qué palabra merecía ahora proteger mi existencia recién creada?
Escribí: “yoexisto2025.”
El sistema respondió: “Contraseña ya utilizada.”

Me reí. O lloré. No estoy seguro.
De todos modos, seguí adelante. Nuevo usuario, nueva vida.
Al final, el sistema me dio la bienvenida:

“Gracias por unirse. Hemos creado su perfil.”

Miré el mensaje con ternura. Durante un segundo, creí haber recuperado algo. Pero no era mi cuenta: era otra, hueca, limpia, sin pasado.
Un nombre sin historia.

Esa noche soñé con un edificio infinito lleno de puertas cerradas. Cada una tenía una cerradura luminosa que pedía un código. Caminé de una a otra, probando mis contraseñas, una tras otra: amordemadre, luna2020, azulmarino, yoexisto.
Todas fallaban.
De pronto, una puerta se abrió sola. Dentro había un escritorio, una pantalla encendida. Me acerqué. En letras blancas, un mensaje:
“Bienvenido, usuario. Hemos restaurado tu identidad.”

Sonreí, agradecido. Pero entonces leí la línea siguiente:
“Último acceso: hace 12 años.”
Y supe que alguien más estaba viviendo mi vida en línea.

Desperté empapado en sudor. Corrí al portátil.
Encendí la pantalla.

“Por motivos de seguridad, su sesión ha expirado.”

Sonreí.
Quizá era mejor así.

Desde entonces no volví a intentarlo. Dejé que el sistema se quedara con mis datos, mis recuerdos, mis palabras. Que los conserve, si quiere.
Yo he empezado a escribir en papel otra vez. A mano. Con tinta que no pide validación.

Cuando termino cada página, me gusta poner al final una firma que ya no tiene valor digital, pero que todavía pesa:

José Miguel Esteban.

Porque puede que el mundo no me reconozca,
pero mientras la pluma siga corriendo,
yo sigo logueado en la realidad.