Portada de La Peregrina, Capítulo VII, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo VII

A la velocidad de los sueños

José Miguel Esteban Lupiáñez

El espacio no es silencio.

Es un rumor tan antiguo que el oído humano no sabe escucharlo: el suspiro de las partículas, la respiración del vacío, el eco de un tiempo que no nos pertenece.

La Peregrina avanzaba con paciencia de eternidad.

Sus velas láser habían cumplido su parte: un empujón de luz pura que la lanzó al abismo estelar.

Los motores de fusión, en modo de pulsos, latían cada treinta segundos, como si fueran el corazón de un dios cansado.

Dentro, doce corazones humanos aprendían a acompasarse a ese nuevo ritmo.

El tiempo, ese viejo tirano terrestre, se volvió maleable.

Los relojes se sincronizaron en relatividad: los días se diluían, las semanas eran inventos inútiles.

Los tripulantes comenzaron el protocolo de hibernación metabólica, una forma científica de decir soñar sin morirse.

El primero en dormir fue Ravi Narayanan, el físico viejo que creía en la calma.

—La eternidad cabe en un parpadeo —dijo antes de cerrar los ojos.

Luego, uno a uno, fueron apagando la conciencia: Cárdenas, Sarah, Yuri, Ayaan, Mireia… hasta que solo quedó despierta Park.

Durante el último turno de control, la IA Senda habló con su tono neutro:

—Doctora Park, el sueño durará cuarenta y siete años terrestres. ¿Desea mensaje de vigilia?

—Sí. Graba esto: “No duermo para olvidar, duermo para esperar.”

Pulsó el interruptor y la cabina se llenó de un zumbido bajo, como un rezo eléctrico.

El sueño la envolvió despacio, como si el tiempo mismo la estuviera arrullando.

La nave siguió su ruta, solitaria, cruzando los desiertos de la nada.

Fuera, las estrellas pasaban tan despacio que parecían espiar.

Adentro, los sueños de los tripulantes se entrelazaban en una sola corriente: recuerdos de la Tierra, voces, rostros, mares.

De vez en cuando, Senda despertaba por protocolo.

Comprobaba sistemas, calculaba trayectorias y registraba eventos cósmicos.

En una de esas vigilias, la IA notó algo: un leve cambio en la radiación de fondo, un patrón que no coincidía con ninguna fuente conocida.

No era peligroso, pero era… regular.

Lo guardó en silencio, como un secreto que todavía no merecía palabras.

Décadas más tarde —o lo que para ellos sería apenas una siesta—, La Peregrina cruzó el umbral de las viejas constelaciones humanas.

Las estrellas conocidas quedaron atrás, y el mapa celeste se volvió pura invención.

El universo, al fin, se había quedado sin nombre.

Y en ese anonimato, flotando entre las luces frías de lo infinito, La Peregrina se convirtió en lo que siempre fue:

una semilla dormida en mitad del invierno del cosmos.

El sueño no era descanso.

Era dirección.

Y en algún punto del futuro, Náyade los estaba esperando.