Portada de La Peregrina, Capítulo V, de José Miguel Esteban Lupiáñez

La Peregrina · Capítulo V

Los doce del alba

José Miguel Esteban Lupiáñez

El amanecer sobre la Tierra ya no era azul.

Era un tono incierto entre el cobre y la ceniza, un recordatorio de que el planeta seguía girando aunque la esperanza se hubiera mudado a la órbita lunar.

En los centros de selección del Proyecto Peregrina, los pasillos olían a desinfectante, nervios y café reciclado.

Miles de voluntarios se presentaron: científicos, ingenieros, médicos, poetas, soñadores y fugitivos del ruido.

Sabían que solo doce cruzarían la frontera entre el tiempo y el olvido.

La primera fue, por derecho y obstinación, la doctora Hye-Jin Park, astrobióloga y conciencia de la misión.

Había visto nacer el proyecto y se negaba a dejarlo en manos de políticos.

—No necesito billete de vuelta —dijo al firmar su aceptación—, solo un destino con sentido.

El segundo, Raúl Cárdenas, ingeniero mexicano, diseñador de los motores de fusión.

Sonreía con ironía:

—Si la nave explota, al menos me explota una idea mía.

Mireia Bosch, médica catalana y psiquiatra espacial, fue la tercera.

Especialista en salud mental en confinamiento prolongado.

—Doce almas en una lata durante siglos —dijo—. No será ciencia, será fe.

Ayaan N’Dour, geólogo senegalés, el cuarto: buscador de minerales que había pasado media vida entre desiertos.

Cuando le preguntaron por qué quería ir, respondió:

—Porque ya conozco todos los desiertos de este mundo.

Liyao Zhu, piloto china y matemática prodigiosa, llegó quinta.

Su serenidad era matemática pura: exacta y sin adornos.

—Cada trayectoria es un poema con límites —decía—. Los míos, aún no los conozco.

El sexto fue Ehab Soliman, técnico egipcio de sistemas y poeta clandestino.

Sus colegas bromeaban con que el software de la nave iba a tener versos ocultos entre las líneas de código.

La séptima, Sarah Mbaye, bióloga de suelos, hija de agricultores.

Su motivo era tan sencillo que conmovió al comité:

—Si encontramos tierra, quiero ser la primera en tocarla con las manos.

Ingrid Kovac, jurista checa, fue la octava.

Especialista en leyes de frontera, llevaba en su maletín los primeros borradores del “Estatuto de Responsabilidad Interplanetaria”.

—Las leyes sirven para recordar quiénes fuimos cuando ya no quede nadie que lo cuente —dijo.

El noveno, Tala Romero, lingüista y comunicadora de culturas.

Creía que las palabras podían cruzar galaxias mejor que los cohetes.

—Cada lengua que muere apaga una estrella —solía repetir—. No pienso dejar que la nuestra se apague sin testigo.

Noah Patel, ingeniero ambiental indio, llegó décimo.

Silencioso, obstinado, especialista en ecosistemas cerrados.

—Hacer llover dentro de una caja —resumió—. Ese es mi oficio.

Ravi Narayanan, físico veterano, fue el undécimo.

A sus setenta años, parecía más un monje que un científico.

—Ya no tengo cuerpo para quedarme —dijo—, pero tengo alma para partir.

Y el último, Yuri Belik, cosmonauta ruso retirado, experto en caminatas espaciales.

Había visto morir a tres compañeros en misiones anteriores y no se acostumbraba a la Tierra.

—Aquí no floto —dijo, con voz de niño—. Allá arriba, sí.

Doce nombres.

Doce vidas cruzadas por un destino común.

Doce formas de definir la palabra esperanza sin pronunciarla.

En la plataforma orbital, mientras se tomaba la fotografía oficial, Park observó a su tripulación.

Al fondo, el planeta se veía tan bello y tan frágil que casi dolía mirarlo.

La luz del amanecer entraba por los ventanales, bañando sus rostros como una bendición involuntaria.

Nadie habló.

El silencio parecía el idioma exacto para ese instante.

Eran doce.

Doce del alba.

Doce puntos suspensivos antes de la historia más larga jamás contada.