La Peregrina · Capítulo III
La última reunión en la Tierra
Los mapas ya no servían.
El nivel del mar había devorado fronteras, y los desiertos se disputaban el título de océanos secos. Las capitales olían a humo, a promesas viejas, a electricidad.
Y sin embargo, aquel día, la humanidad se sentó a hablar de esperanza.
El Consejo Planetario Provisional —un invento de última hora entre gobiernos que ya no mandaban y corporaciones que no sabían a quién obedecer— convocó su sesión final.
El orden del día era tan simple como devastador:
“Aprobar o cancelar el Proyecto Peregrina.”
En la sala circular de Ginebra, rodeada por pantallas que simulaban un cielo azul inexistente, los delegados se turnaban para hablar de moral y de economía, como si fueran lo mismo.
Los defensores del proyecto invocaban el deber de preservar la especie; los detractores exigían reparar la Tierra antes de abandonar el cadáver.
El debate duró tres días, o tres siglos. Nadie podía ya medir el tiempo sin mirar al reloj de las catástrofes.
La doctora Hye-Jin Park escuchaba desde el fondo, con el gesto de quien ya ha visto el futuro y no le ha gustado.
Un político joven, de voz impostada, la señaló:
—Doctora, ¿usted lo haría? ¿Dejaría atrás a los suyos por un planeta incierto?
Park levantó la mirada.
—Yo no dejaría a nadie atrás. Pero tampoco permitiría que todos se hundieran por miedo a mirar más lejos.
Silencio. Luego, aplausos.
El proyecto quedó aprobado por una mayoría incómoda.
No por convicción, sino por agotamiento.
El ser humano votó por huir porque ya no recordaba cómo quedarse.
Fuera, en las calles, la noticia se mezcló con la lluvia ácida.
Algunos celebraron; otros lloraron.
En las redes, el lema #PeregrinaSomosTodos convivía con #NadieSeVa.
Y mientras tanto, en los desiertos, comenzaron a levantarse los primeros hangares, las fábricas orbitales, los sueños de metal.
Park volvió al observatorio una última vez.
Encendió las luces con la delicadeza de quien enciende velas para un funeral.
Miró la vieja esfera azul que giraba en la pantalla y escribió en su cuaderno:
“La Tierra no nos echa.
Solo nos pide que la recordemos antes de olvidarla.”
Esa noche, el planeta volvió a temblar.
Pero esta vez no fue un terremoto:
fue la marcha del futuro, levantándose sobre los cimientos del pasado.