La Peregrina · Capítulo I
La noche que la Tierra dejó de dormir
Nadie recordaba cuándo empezó exactamente la fiebre del planeta. Algunos decían que fue el verano sin otoño, otros culpaban a las tormentas eléctricas que nacían sobre el Ártico y se extinguían en el Sáhara.
Pero lo cierto es que una noche —una sola— la Tierra pareció dejar de dormir.
Los cielos seguían ardiendo en todas las longitudes del mapa y el aire tenía sabor a metal, como si el mundo hubiera olvidado cómo respirar.
En los observatorios del desierto de Atacama, los astrónomos tampoco dormían. Entre ellos estaba la doctora Hye-Jin Park, que llevaba doce horas seguidas observando una estrella sin nombre en la constelación de Acuario.
El brillo de aquella estrella bajó un 0,03 % durante exactamente seis horas y luego volvió a subir.
Una sombra había pasado por delante.
—Tránsito confirmado —dijo Park con voz ronca—. Tenemos un planeta.
Las pantallas chispearon. Las cafeteras volvieron a hervir. Los satélites y las redes lanzaron un grito digital que dio la vuelta al globo:
“Se ha encontrado un mundo habitable.”
En medio de los titulares, nadie notó el detalle que a Park le erizó la piel: la luz de esa estrella, antes de llegar a la Tierra, había viajado 124 años luz. Lo que estaban viendo era una imagen del pasado.
Nadie sabía si ese planeta —bautizado luego como Náyade— seguía existiendo tal como lo mostraban los datos.
Los gobiernos hablaron de esperanza, los medios de salvación, los mercados de oportunidad.
Solo unos pocos recordaron preguntar:
“¿Y si ese reflejo lejano no fuera una promesa, sino un espejo?”
Mientras el mundo se agitaba, Park cerró el observatorio y salió al exterior. El cielo de Atacama ardía de estrellas, pero ninguna parecía mirar de vuelta.
Ella encendió un cigarrillo —uno de los últimos que quedaban sin impuestos ni advertencias sanitarias— y murmuró:
—Tal vez no busquemos otro planeta…
Tal vez busquemos la memoria de éste.
Y en la distancia, más allá de las nubes metálicas, la Tierra seguía insomne, girando sobre su eje con una ansiedad que nadie sabía calmar.